El lunes 29 de abril de 2025, España, Portugal y parte del sur de Francia quedaron a oscuras. Un fallo eléctrico a gran escala (aún en investigación) desconectó de golpe a millones de personas del mundo digital, paralizó trenes, hospitales, oficinas, y puso a prueba algo más que la red eléctrica: nuestra red social, en su sentido más humano.
No tengo en este escrito la intención ni la necesidad de hacer lecturas políticas, ideológicas ni económicas del apagón. No voy a tratar aquí de analizar responsabilidades técnicas, teorías geopolíticas o impactos financieros. Lo que me interesa explorar es otro plano, ese plano que a modo de hilo une lo social y lo emocional. Y poner palabras a algo que siento que ocurrió entre personas cuando todo lo demás se detuvo. De cómo, en ausencia de pantallas, volvió la mirada; en ausencia de datos, volvió la palabra; y en ausencia de certezas, volvió el grupo. Me interesa pensarnos como tribu, como red afectiva y práctica que, ante la emergencia, reaparece con fuerza. Porque más allá del apagón energético, lo que se encendió fue algo profundamente humano: la necesidad de estar juntos para hacerle frente a lo desconocido.
Para responder a esta pregunta, conviene mirar más allá de lo visible. El psicoanalista argentino Enrique Pichon-Rivière, pionero en el estudio de grupos, decía que los grupos humanos funcionan como un “aparato para pensar la realidad”. Es decir, cuando todo falla (la luz, el móvil, internet, el tren), el grupo se activa como herramienta de supervivencia emocional y práctica. Eso fue lo que ocurrió el 29 de abril en muchas ciudades, pueblos y aldeas: vecinos compartiendo velas, información por radios de transistores, ayudas espontáneas en farmacias sin luz o supermercados que abrían sus puertas para evitar la acumulación de productos perecederos. En ese caos, emergió algo profundamente humano: la cooperación.
Kurt Lewin, psicólogo social alemán, hablaba de «campos de fuerza»: situaciones en las que el contexto ejerce presión sobre las personas, reorganizando sus vínculos, liderazgos y decisiones. El apagón generó justo eso. Donde había individualismo digital, apareció la interacción analógica. Donde reinaba el scroll infinito, volvió la conversación cara a cara.
El comportamiento colectivo, en estos casos, no es nuevo. En 1895, Gustave Le Bon describió cómo las multitudes pueden responder de forma emocional ante lo inesperado. A veces con violencia, a veces con solidaridad. Todo depende del contexto cultural, del estado emocional previo y de cómo se gestione la incertidumbre.
A diferencia del histórico apagón de Nueva York de 1977 (que acabó con disturbios y saqueos), lo que se vivió en la Península Ibérica fue, en general, una respuesta ordenada. Más plazas que protestas, más manos que empujones.

Uno de los efectos más potentes del apagón fue la falta de información fiable. Durante las primeras horas, la gente quedó desconectada no sólo tecnológicamente, sino también simbólicamente. Sin noticias ni móviles, surgieron versiones alternativas, rumores de ciberataques rusos, sabotajes, conspiraciones. No es casual.
Michel Foucault decía que el poder no reside sólo en las armas, sino también en los discursos. En momentos de crisis, quien controla el relato controla también la ansiedad colectiva. Y en este caso, durante las primeras horas, no había nadie con un micrófono encendido. Así, muchas personas llenaron el vacío informativo con hipótesis que daban sentido (aunque fuera falso) a lo que estaban viviendo.

Este apagón nos recordó algo que la pandemia ya nos había insinuado: que cuando las estructuras colapsan, la comunidad resurge. Y no como un ideal romántico, sino como una necesidad funcional. El vecindario volvió a ser red de apoyo, la calle volvió a ser lugar de encuentro, y lo colectivo, más que consigna, se convirtió en práctica.
Lo que ocurrió no fue solo una interrupción eléctrica: fue una interrupción del flujo habitual de nuestras vidas, que reveló cómo reaccionamos ante lo desconocido. Y si algo quedó claro, es que seguimos siendo capaces de organizarnos, de cuidarnos, de construir sentido juntos.
La oscuridad duró horas. La luz volvió. Pero ojalá no olvidemos la claridad que nos trajo esa oscuridad compartida.
Andrés Osés Vega
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